Semblanza de Néstor de la Torre Comminges                                                               

Discurso de la Académica electa LOLA DE LA TORRE CHAMPSAUR leído el día 23 de marzo de 1984 con motivo de su recepción.

Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguek Arcángel

Santa Cruz de Tenerife 1989

Néstor de la Torre Comminges nació en Las Palmas de G. C. el 26 de julio de 1875, hijo de Néstor de la Torre Doreste y de Sofía de Comminges. Descendía por línea paterna de familias de origen italiano de indudables dotes musicales. Por su madre, gaditana, descendía de una noble familia francesa, exiliada en España a finales del siglo XVIII.


Desde muy niño se distinguió por su bellísima voz y su vocación musical. Fue su maestro de música D. Bernardino Valle, Director de la Orquesta Filarmónica de Las Palmas, quien también dirigía su escuela de música y organizaba la parte musical de las grandes solemnidades en la Catedral de Santa Ana. Don Bernardino le eligió como niño cantor solista de la capilla catedralicia y, entre otras obras, le hizo cantar la voz de soprano en el Stabat Mater de Rossini, obra de extraordinaria dificultad. Don Bernardino había pertenecido en su infancia a la capilla de la catedral de Zaragoza y conocía bien las técnicas de las voces blancas; pero no sólo le enseñó a cantar, sino que, prendado de sus excepcionales dotes musicales, le enseñó también a tocar el violoncello. A los 9 años fue el intérprete solista de la cantata La Aurora de la Redención, obra del propio maestro Valle que se estrenó en el teatro de Las Palmas.

 

 

Su padre (que murió muy joven y había sido uno de los más celebrados cantantes aficionados de Las Palmas) le había enseñado a tocar la guitarra. Con ella, Néstor se acompañaba las canciones populares y las danzas habaneras que había oído cantar a su padre, que eran repertorio popular en las Canarias de aquellos años. Desde muy jovencito fue el invitado obligado de los grupos de amigos de su padre, cuando hacían sus fiestas y sus giras al campo, para que cantara aquellas canciones con su bella voz y especial encanto. Por su sencillez y simpatía tuvo desde siempre muchos amigos de todas las edades, tanto en sus islas nativas como fuera de ellas. Las crónicas de los periódicos de las poblaciones en que actuó más tarde profesionalmente hicieron siempre referencia a sus condiciones personales, alabando, además de sus méritos artísticos, su atractivo y su simpatía.

 

Al cumplir los 16 años, en 1891, perdió a su madre. Fue el momento decisivo de su destino. Ya entonces tenía bien definida la calidad de su voz de barítono y demostradas en sus estudios de bachillerato sus condiciones intelectuales. Pocos meses antes había recibido los grandes elogios que le hicieron los artistas componentes de la más importante compañía de ópera que hasta entonces había actuado en Canarias. Todos le aconsejaron que estudiara y se preparara para hacer una carrera profesional.

 

En el otoño de 1891 marchó para Madrid, donde estudió con la célebre cantante española Carolina de Cepeda durante tres años. En el año 1894, meses antes de cumplir los 19 años, debutó en el Teatro Príncipe Alfonso, cantando el role del rey Alfonso en la ópera La Favorita de Donizetti.

 

Pocos meses después hizo su primer viaje a Italia, donde fue contratado inmediatamente, elegido entre otros muchos jóvenes cantantes en el Teatro Dal Verme.

 

Al terminar su primer contrato, el tenor español Andrés Antón (que le había oído años antes en Las Palmas) lo escogió para formar parte de la compañía que estaba formando para hacer una temporada en América del Sur. Al regresar la compañía de Venezuela, ofrecieron varias representaciones en Santa Cruz y en Las Palmas. Fue aquella la única ocasión en que sus paisanos le conocieron como intérprete del repertorio operático. Tenía entonces 21 años. Los cronistas de los diarios de las dos ciudades canarias le dedicaron los más calurosos elogios a su voz y a su arte escénico. Los periódicos tinerfeños le llamaron "nuestro Néstor", cariñosamente.

 

Al regresar a Italia fue nuevamente contratado por otra compañía para hacer una temporada en América. Aquella segunda vez estuvo en Buenos Aires, donde cantó durante varios meses su ya largo repertorio de óperas italianas.

 

Después de actuar en los más prestigiosos teatros de Italia durante dos años, fue contratado en 1898 para actuar en los teatros imperiales de Rusia. Allí permaneció hasta el final del siglo.

 

Llegó a Roma a principios de 1900. Durante su estancia allí -no tenía aún los 25 años- recibió clases y consejos del más famoso cantante y profesor de aquel momento: el tenor Antonio Cottogni, que le auguró una hermosa carrera teatral. Y así fue: inmediatamente fue requerido para actuar ante los más exigentes públicos de Italia, en el repertorio clásico y en obras de los compositores contemporáneos.

 

Como era costumbre entre los cantantes españoles, italianizó su nombre y fue conocido durante su carrera por Nestore della Torre. Con este nombre firmó los contratos de los discos que entonces grabó para la famosa firma "La Voz de su Amo", que se difundieron en la edición especializada de "Etiqueta roja", dedicada a los divos consagrados del canto.

 

En el año 1901, junto con un grupo de cantantes españoles que en aquel momento triunfaban en Italia, fue contratado para la temporada de inauguración del Teatro Arriaga de Bilbao; allí obtuvo grandes éxitos y fue comprometido para actuar en Madrid, en la temporada siguiente, por el célebre empresario Berriatúa.

Se trataba de hacer ópera española, con argumentos y música de autores españoles contemporáneos y con intérpretes españoles. Por una serie de circunstancias aquella empresa no llegó a tener el éxito que sus organizadores se prometían. Los compositores de mayor prestigio escribieron sus obras, los artistas las estudiaron y todos esperaron largos meses hasta que pudo lograrse la apertura de la temporada, en el Teatro Príncipe Alfonso, en la primavera de 1902, terminando poco después.

 

Aquel mismo año volvió a Italia, donde ya estaba contratado en el Teatro Alla Scala, de Milán, para cantar la ópera Oceana, del compositor Smareglia, bajo la dirección del maestro Toscanini, que fue quien lo eligió.

 

Después de la temporada en "Alla Scala", hizo seguidamente otra, muy interesante, en Napóles, donde compartió los éxitos -en el repertorio del "bel canto"- con dos artistas excepcionales: la famosísima "diva" Luisa Tetrazini, en los ya últimos días de su carrera, y la que era todavía entonces joven promesa española: María Barrientos.

 

Las críticas y reseñas de los diarios y de las revistas musicales de Italia de aquellos años -que he leído con detenimiento, como es natural- coinciden en calificar a Néstor de la Torre como un artista excepcional, en quien se unían a una bellísima voz y una gran musicalidad, una escuela de canto depuradísima y su gran calidad de actor. (Repito aquí los adjetivos leídos tantas veces.) A sus condiciones profesionales, se añaden con gran frecuencia, en aquellas crónicas italianas, las referencias a su noble presencia física y su simpatía personal, a las que el público correspondía con sus aplausos y haciéndole repetir las arias.

 

En el año 1903 cantó en el Teatro Liceo de Barcelona; fue su debut la noche de la inauguración de la temporada, cantando la ópera Lohengrin de Wagner, junto con el famoso tenor catalán, muy amigo suyo, Francisco Viñas. Al final de aquella temporada, en 1904, regresó a Las Palmas, anulando un contrato que había firmado para cantar en Valencia con toda la compañía del Liceo. Para explicar el motivo de esta decisión es preciso hablar de los acontecimientos de su vida privada.

 

A su regreso de Rusia en 1900, formalizó sus relaciones con su novia canaria: Lolita Champsaur Millares -hija del Dr. José Champsaur Sicilia y nieta del escritor, historiador, músico y notario Agustín Millares Torres. Se casaron en agosto de 1901 y se trasladaron a Madrid, donde tenía el compromiso con la temporada de ópera española. En el verano siguiente nacía en Las Palmas su primera hija.

 

Seguidamente se trasladó a Milán, con su familia, para cumplir su contrato en el Teatro Alla Scala. Permanecieron en Italia hasta el verano de 1903.Cuando nació su segundo hijo, Baltasar, en noviembre de ese año, ya había comenzado la temporada del Liceo de Barcelona. Durante su ausencia no sólo había nacido un nuevo hijo, sino que, además, su primogénita había pasado una grave enfermedad. Dado su temperamento apasionado y sensible, puede comprenderse el afán por volver al lado de su familia; y hasta su decisión de renunciar a la carrera artística para permanecer al lado de los suyos. En Barcelona adquirió todos los muebles necesarios para montar su hogar y decidió dedicar sus actividades a otros empeños, anulando su contrato inmediato.

 

Regresó a Canarias, pero al poco tiempo comprendió que debía seguir su carrera, en la que había logrado tantos éxitos. Volvió a instalarse con su familia en Milán, con las consecuencias de los largos viajes en barcos de vapor y las largas separaciones de su familia.

 

En septiembre de 1906 nació en Las Palmas su hija Sofía. Ya con tres hijos, la familia volvió a instalarse en Milán. Aquella ciudad era el centro de su permanencia, mientras seguía cumpliendo sus compromisos teatrales. Fue nuestra última estancia familiar en Milán; de ella guardo los primeros y más entrañables recuerdos de mi infancia.

 

En el viaje de retorno a las islas, en el verano de 1907, durante el largo trayecto de Genova a Las Palmas, la más pequeña de sus tres hijos, Sofía, pasó una gravísima enfermedad. Él se había quedado en Italia para cumplir sus compromisos. Mi madre, al llegar a su isla, se prometió no volver a viajar con niños. Por ello, en 1908, al terminar su temporada de ópera en Roma, donde tuvo grandes éxitos y fue calificado de "Egregio artista" por sus interpretaciones, Néstor tomó la decisión irrevocable de abandonar su carrera.

Fue, como diría más tarde el gran actor español Tallaví, "un gran artista sacrificado por amor".

 

A principios de diciembre de 1908 se instaló con su familia donde pensó que iba a ser su residencia definitiva: Santa Cruz de Tenerife. Desde su primera juventud tenía aquí muchos y muy buenos amigos que siguieron siéndolo, no sólo durante los casi diez años que aquí vivió, sino el resto de su vida.

 

Nuestra primera casa existe todavía en la calle 25 de Julio. Allí dio sus primeras clases de canto, y sus alumnas fueron esposas e hijas de sus antiguos amigos: Adela, Emelina y Carmen Cabrera, hijas de don Blas Cabrera, notario y gran aficionado a la música; Carolina Pizarroso, esposa de don Rafael Hardisson; María Crosa y las hermanas Sara y Emma Martínez de la Torre. Las actividades musicales las realizaba después de sus trabajos comerciales.

 

Instaló su oficina -donde trabajó durante todos los años de permanencia en Santa Cruz- en la calle del Sol n.° 8. Un pequeño local dividido en planta baja y entresuelo, donde, en muchas ocasiones, reunía a sus amigos, para organizar y tratar de realizar proyectos de cultura musical o de carácter benéfico.

 

Recuerdo también que cuando se estaban haciendo los trabajos de restauración en el antiguo Teatro Municipal, siendo concejal del Ayuntamiento su amigo Ángel Crosa, iban con gran frecuencia los dos juntos a ver cómo se realizaban las obras, para que mi padre -conocedor de tantos teatros- diera su opinión y sus consejos. Fue sugerencia suya el color dorado que se escogió para decorar la sala de espectáculos, que aún se conserva. También fue idea suya grabar el escudo de la ciudad en el respaldo de las butacas. Para el salón de entrada se proyectaron columnas de espejos y sillones tapizados, detalles que entonces no se pudieron lograr.

 

El estreno del teatro reformado, en el año 1913, se celebró con unos conciertos que organizó la Sociedad Fomento Artístico, trayendo a Canarias la Orquesta Sinfónica de Madrid que dirigía Fernández Arbós.

 

La sociedad Fomento Artístico se había organizado por un grupo de amigos, para celebrar conciertos con artistas de prestigio nacional e internacional; fue el presidente don Blas Cabrera Tophan y formaban parte de la junta, entre los que yo recuerdo, don Arturo Ballester, don Antonio Vivanco, don Miguel Feria y don Rafael Hardisson. Se reunían en el despacho de mi padre para celebrar las juntas. También allí se organizaron fiestas que a beneficio del Hospital de Niños les pedía la junta de señoras que ayudaba al doctor don Diego Guigou en su maravillosa obra. Cada año se formaba también una "estudiantina" infantil que, acompañada por una rondalla, salía por las calles de Santa Cruz a reunir fondos para su Hospitalito.

Para cantar en unas Navidades la vieja melodía de Lo Divino, se improvisaron coplas nuevas. Los autores fueron Ramón Gil Roldan, abogado y escritor; Diego Crosa, pintor y poeta, y Néstor de la Torre. Durante muchos años conservé el manuscrito original escrito en un pliego de papel con el membrete de la oficina comercial de mi padre.

 

 

Como aún se cantan -aunque mutiladas- aquellas coplas, no resisto a la lectura de aquellos versos, buenos unos y otros no tanto, para ofrecer la identidad de sus autores.

 

De Ramón Gil Roldan fue la primera:

Anuncia nuestro cantar que ha nacido el Redentor

la tierra el cielo y el mar palpitan llenos de amor.

 

La segunda fue de Diego Crosa:

Baña el sol con tintes de oro

el azul del firmamento

perlas derrama la aurora

brilla la flor en su centro.

 

La tercera, inspirada en la música, la dictó Néstor:

Las trompas y los clarines

la tambora y el timbal

anuncian el nacimiento

de nuestro Dios celestial

 

Para el hospital de niños se organizaron, también bajo su dirección, festivales teatrales, especialmente por niños. Hizo época el que se celebró por iniciativa de Leoncio Rodríguez, al fundar su diario La Prensa, en el Parque Recreativo. Además de un concurso de belleza infantil y de unos juegos florales con reinas y poetas adolescentes, el programa se completó con escenas representadas de la opereta inglesa La Geisha, con solistas, coros y actores de todas las edades, con acompañamiento de la orquesta que dirigía Ramón Baudet.

 

Prestaba Néstor su colaboración a cuantas obras de carácter benéfico se le solicitaban: el asilo Victoria, la Cruz Roja, el Hospital de Dolores de La Laguna, el 18 Hospital de la Orotava... Y en labores culturales del Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz, el Club Inglés, el Ateneo de La Laguna... Recuerdo también el concierto sacro en el que intervino la víspera de la consagración de la Catedral de La Laguna, después de su reconstrucción en el año 1913, con coros y solistas acompañados al órgano por el canónigo don José Tarife.

 

Es necesario recordar también su presencia potencial en los conciertos que durante aquellos años organizó la Sociedad Fomento Artístico, en los que actuaron artistas de tanta fama como eran Amelita Galli-Curci (luego soprano del Metropolitan de Nueva York), el Cuarteto Renacimiento de Barcelona, dirigido por el célebre violinista y compositor Eduardo Toldrá, el tenor español José Palet y la soprano Agostinelli. Fueron inolvidables los conciertos que ofreció el gran pianista Arturo Rubinstein en Santa Cruz y en Las Palmas, organizados por gestiones de Néstor de la Torre en el año 1916.

 

En aquellas temporadas de conciertos inició su carrera artística su alumna de canto Matilde Martín, que llegó a ser intérprete notable de ópera y zarzuela, en España y América.

 

Fue también un entusiasta colaborador en la fundación de Los Exploradores, cuyo presidente era don Rafael Hardisson. No faltó tampoco su colaboración incondicional en la organización y funcionamiento de las llamadas "cocinas económicas" que se instalaron en Santa Cruz durante la guerra europea de 1914, con generosos fines sociales. Precisamente, fue aquella primera guerra mundial la causa de que, por otra vez, cambiara su destino. La paralización del comercio con Europa afectó directamente en sus negocios.

 

A finales de 1917 le ofrecieron en Las Palmas un cargo importante en la administración de la ciudad. Le pareció una oportunidad para restablecer su estabilidad económica y aceptó la idea de volver a residir en su isla natal. En Tenerife habían nacido durante aquellos años sus hijos Néstor, María y Lucrecia. La noche de su partida de Tenerife se le ofreció una cena en el casino de Santa Cruz a la que asistieron, junto con sus numerosos amigos, las autoridades de Santa Cruz y La Laguna, para testimoniarle el sentimiento de todos por su ausencia. A la terminación de la cena hubo numerosos discursos, y toda la concurrencia le acompañó, en manifestación de cariño hasta el muelle en que se embarcaba para Gran Canaria.

 

Al llegar a su ciudad natal se encontró con que el cargo que se le había ofrecido estaba adjudicado a otra persona. Junto con el desencanto, le afectó muchísimo haber perdido el ambiente cordial de Tenerife, en donde habían transcurrido tan felices años de su vida.

 

En Las Palmas sólo permaneció dos años; en enero de 1920, en compañía de su amigo el tenor canario Ramón Medina, que residía generalmente en Inglaterra, emprendió una gira de conciertos por América. Su séptimo y último hijo, Bernardo, había nacido en Las Palmas en agosto de 1919. En aquel corto tiempo pudo organizar en Las Palmas acontecimientos culturales y musicales con los elementos que había descubierto y había encauzado en el arte del canto.

 

Al regreso de su viaje a América, donde había ofrecido junto con el tenor Medina numerosos conciertos en Cuba y Norteamérica, decidió trasladar a su familia a La Habana, donde contaba ya con amigos y admiradores que le animaban a residir allí.

 

Llegamos a Cuba en diciembre de 1920. Su primer contrato fue para estrenar una ópera cubana, en una temporada especialmente organizada para dar a conocer compositores contemporáneos, en el Teatro Nacional. Cantó, con el tenor Tito Schippa y la soprano española Ofelia Nieto, la ópera La Esclava, del compositor José Mauri.

 

Seguidamente dio varios conciertos para estrenar las canciones que el compositor cubano Eduardo Sánchez de Fuentes había escrito sobre poemas del poeta mexicano Amado Nervo. Las cantaba con tal perfección y tanta personalidad que su nombre y su prestigio, entre los intelectuales y músicos cubanos de aquellos años, se acrisolaron de inmediato. Fue nombrado profesor de canto en varios conservatorios; clases que alternaba con las lecciones que impartía en su estudio particular. Durante toda su estancia en La Habana tuvo alumnos distinguidísimos.

 

Su espíritu organizador no tuvo allí descanso. Siempre era requerido para montar actos musicales, tanto de carácter cultural como con fines benéficos. En todas esas actividades ponía siempre su entusiasmo, sus conocimientos en el arte y su buen gusto, así como su enorme capacidad de trabajo. En algunas ocasiones -y todas importantes- llegó a formar coros con más de cien voces. Sus mejores alumnos eran siempre los solistas: todos gentes bien dotadas y muy preparadas.

 

Su último concierto de La Habana se celebró en el hoy desaparecido Auditorium de la Sociedad Pro-Arte Musical, en agosto de 1929. En tal ocasión, con la colaboración de la Orquesta Filarmónica de aquella capital, estrenó la cantata El Hijo Pródigo de Claudio Debussy. El coro se formó con la colaboración de la mayor parte de los alumnos que había tenido en aquellos diez años en La Habana. Los solistas fuimos: él como barítono, su alumno el tenor francés Maurice Labarrere, y yo en la parte de soprano. Tenía él entonces 54 años y conservaba su voz tan espléndida y bella como siempre. Fue, aquella ocasión, su canto del cisne: no volvió a cantar más.

 

Por razones de la salud de algunos miembros de la familia (que reclamaban otro clima) y al mismo tiempo por causa de una nueva situación política en Cuba (que empezaba a sentirse en la vida intelectual y artística de La Habana), se vio obligado a tomar nuevas determinaciones en su vida. Una parte de la familia regresó a Canarias en el verano de 1929. De los tres miembros de ella que quedamos allí, sólo dos regresamos más tarde. Inesperadamente, su hijo Baltasar murió en La Habana, en febrero de 1930.

 

De nuevo, la isla elegida para ser lo que él creyó su residencia definitiva fue Tenerife. Pero su destino le tenía reservada otra cosa. En aquella nueva época de su vida trabajó en Santa Cruz como consignatario de compañías navieras. En su tiempo libre también dio clases de canto a los que fueron sus últimos alumnos: Lola Trujillo, Hortensia Ayala, Melita de la Rosa, Selina Calzadilla, Antonio de la Rosa y Lucila González Montalvo, que yo recuerde. Como siempre, prestó también su colaboración en empeños culturales en Santa Cruz y La Laguna durante su última estancia aquí, ofreciendo, como siempre, su experiencia y su saber incondicionalmente.

 

Sin duda fue como reconocimiento de sus dotes profesionales y sociales la designación que se le hizo, por la Asociación de Exportadores de Frutos de Canarias -que comprendía las dos provincias-, para ser su representante en Madrid, en un momento difícil para los intereses comerciales de las islas. En Néstor se daba la circunstancia de ser persona que, para aquel cargo, complacía a las dos provincias.

 

No es necesario hacer hoy una relación de las dificultades y de los obstáculos que él encontró en Madrid para que su misión resultara válida y eficaz. Fueron unos meses -los seis primeros del año 1933- de luchas continuas para lograr que los frutos canarios obtuvieran un tratamiento equiparado con los de otras regiones españolas. He de decir que también se vieron premiadas sus gestiones con grandes logros para Canarias.

 

A pesar de haber sido la suya una naturaleza sana y fuerte, su salud se alteró aceleradamente y, después de un mes largo de enfermedad, murió en Madrid el día 22 de agosto de 1933. Tenía entonces 58 años. A su entierro asistieron Ministros, Directores Generales, los Diputados canarios, amigos y familiares. En Madrid se publicaron notas necrológicas en las que se elogiaba su doble personalidad: la artística y la de inteligente defensor de los intereses de sus islas.

 

Así fue, en definitiva, la trayectoria profesional de mi padre, el gran barítono Néstor de la Torre, hombre de indeclinable entusiasmo que, durante sus diferentes estancias en las Canarias en que había nacido, no escamoteó medios ni voluntad para contribuir a la mejora artística y humana de sus gentes. En sus discípulos dejó una semilla fértil que ha marcado todo este siglo en el arte del canto, pues quienes seguimos muy de cerca sus pasos hemos continuado aquí la insigne tarea artística y docente que él emprendiera hace ya muchos años.

 

Copyright: Lola de la Torre Champsaur y Elíseo Izquierdo Pérez, 1989                                                  Enlace al original/Link to original