Néstor de la Torre y la Enseñanza del Canto en Canarias

NÉSTOR DE LA TORRE Y LA ENSEÑANZA DEL CANTO EN CANARIAS

LEOPOLDO ROJAS-O’DONNELL MARTÍN

Conservatorio Superior de Música de Las Palmas de Gran Canaria

EL MUSEO CANARIO

HOMENAJE PÓSTUMO A LOLA DE LA TORRE CHAMPSAUR

LIV-II. 1999

 

 

 

Cuando, en 1997, se cumplía el trigésimo aniversario de los Festivales de Opera organizados por ACO, tuve la satisfacción de colaborar en el ciclo de conferencias que se desarrollaron en la Casa de Colón para tratar un tema directamente relacionado con lo operístico pero, a la vez de interés más general ya que, dadas las características del eje de la disertación, atañía a la pedagogía del canto desde una perspectiva diacrónica. Ahora que se cumple el primer aniversario del fallecimiento de Lola de la Torre, quizá no haya momento más oportuno para revisar el estudio que, centrado en la figura de Néstor de la Torre, fue objeto de mi atención. La elección del tema estuvo motivada no sólo porque en él confluyeran una serie de circunstancias que me son propicias para su desarrollo sino porque, sinceramente, es de justicia contribuir a colocar a la gran figura que fue Néstor de la Torre, en el lugar que verdaderamente le corresponde en el panorama musical canario, tanto desde el punto de vista de la interpretación como desde el del magisterio del canto.

 

En primer lugar, porque nada mejor que la conmemoración del fallecimiento de su hija mayor y continuadora de su labor, para traer a la memoria de la sociedad musical grancanaria, cada vez, por fortuna, más numerosa, la figura del primer cantante ilustre de ópera de las Islas Canarias. Es un hecho incontestable que, antes de Alfredo Kraus, el único nombre canario que logra inscribirse en la lista de celebridades del canto con categoría mundial es la del barítono Néstor de la Torre. Y, porque muchas generaciones desconocen de quién se trata y confunden su nombre con el de su sobrino y ahijado, el gran pintor Néstor Martín-Fernández de la Torre, creo que no es inoportuno intentar aportar algunos datos sobre este artista y gran defensor de su tierra y de sus gentes.

 

Y por otra parte, porque he tenido el privilegio de haber estudiado con su hija, objeto del presente homenaje, también cantante y pedagoga, de la que me ocuparé posteriormente. Dada esta circunstancia y por la relación entrañable que guardo y espero seguir conservando, con su familia, me espolea a acometer esta empresa el afecto, que no mis méritos. Espero, sinceramente, que esta circunstancia sirva como atenuante de los defectos de los que podrá ser tachado este estudio; pido a todo aquél a quien no nombrare o por toda omisión injusta que cometiere, las más humildes disculpas, porque no se halla en mi ánimo crear polémica ni crear perjuicio a nadie, ni a los presentes ni de los que ya desaparecidos tristemente, no estén entre nosotros.

 

La aproximación a la figura de Néstor de la Torre en este aniversario tan significativo también me ha dado la clave de tratar un aspecto directamente vinculado con el barítono: la enseñanza del canto en Las Palmas. La preocupación pedagógica estuvo omnipresente en Néstor de la Torre hasta su temprana muerte. Grande fue su empeño en descubrir nuevos valores para la lírica; siempre estuvo atento al cultivo de futuros seguidores de la cultura y de la música. Por ello, por doquiera que diera muestras de su arte, sembró una semilla que, como podremos ver a continuación, de una forma u otra ha dado copiosos frutos.

 

Néstor de la Torre nació en Las Palmas de Gran Canaria, en la calle de Triana, en uno de sus primeros números, el 26 de julio de 1875, hijo de Néstor de la Torre Doreste y de Sofía de Comminges. Por parte de padre, procedía de una familia especialmente vinculada al mundo musical y de ascendencia italiana.

 

Aunque sea de forma somera, hemos de hacer un breve inciso para recordar la figura de su padre, Néstor de la Torre Doreste, por su importancia en la construcción y desarrollo del Puerto de la Luz. Probablemente su temprana desaparición ha motivado el injusto olvido de sus paisanos que no han tenido prácticamente conocimiento de su tesón en las fases primeras de contratación de las obras del puerto, y que sin duda debería haber sido perpetuado para la memoria colectiva con el rótulo de alguna de las vías portuarias.

 

Aparte de este hecho, destacó en el seno de la sociedad grancanaria, como tantos otros miembros de su familia, por sus dotes musicales, tanto por la belleza de su voz como por sus habilidades para tocar la guitarra. Esta aptitud la heredaría su hijo Néstor que, incluso, años más tarde, ya en plena carrera internacional, acompañaría la serenata del Barbero del Sevilla como intérprete él mismo de la guitarra.

 

La familiar predisposición a la música se vio encarnada de forma superlativa en el jovencísimo Néstor que figuraría entre los más destacados alumnos de Bernardino Valle, director de la Orquesta Filarmónica de Las Palmas así como de su escuela de música. Como responsable musical de las grandes celebraciones litúrgicas en la Catedral de Santa Ana, don Bernardino dirigía a los cantores entre los que incluyó a su joven alumno que llegó a cantar la parte de soprano solista del dfficilísimo «Stabat Mater» de Rossini; asimismo lo eligió como solista para el estreno de algunas de sus obras, que llegaron a interpretarse en el Teatro de Las Palmas. Entre las enseñanzas musicales recibidas del Maestro Valle hemos de incluir la del violoncello, lo que habla muy favorablemente de su formación musical de gran solidez y que sería alabada posteriormente por los críticos a lo largo de su brillante carrera.

 

Tras el cambio de voz, mostró bien definido prematuramente su timbre baritonal, muy lírico y brillante, y así se lo reconocieron grandes cantantes que lo escucharon cuando recalaban por estas costas en las famosas giras al continente americano, y que le aconsejaron una dedicación profesional. Desaparecida su madre cuando apenas él contaba dieciséis años, encontraría protección y atención maternal en su hermana mayor, Pepa, que ya casada con Rafael Martín-Fernández, se haría cargo del cuidado de sus hermanos menores. Andando el tiempo, el barítono correspondería a estas atenciones con la protección y ayuda al hijo de su hermana y al que le fue impuesto su mismo nombre por haber sido designado su padrino de bautismo. En efecto, cuando el talento del joven pintor Néstor fue reconocido por sus profesores, su tío estimularía su vocación y lo orientaría en su decisión de marchar a Madrid, con la recomendación para estudiar con Hidalgo de Caviedes. Sobradamente conocidos han sido los frutos de esta carrera, en la que la pintura estuvo además combinada genialmente con las artes escénicas: parece, sin duda, un designio premonitorio del destino.

 

A finales de 1891 emprende Néstor de la Torre su viaje a Madrid, en cuyo Conservatorio ingresaría como alumno de la célebre cantante española Carolina de Cepeda. A juzgar por las noticias recogidas en crónicas del momento y posteriores a su debut, en sus años de estudiante adquirió un dominio técnico espectacular que, unido a sus cualidades naturales, hicieron de él un cantante refinadísimo y con una técnica inusual en un tan joven estudiante. Durante esos años (y hablamos siempre tras la lectura de algunos comentarios aparecidos en la prensa) le fueron abiertos los salones de las más distinguidas familias de la Villa y Corte, en los que demostró sus dotes canoras así como su singular musicalidad, especialmente en romanzas de autores españoles en las que vertía una profunda expresividad.

 

La expectación que suscitaría su carrera corrió pareja en su tierra y en la capital española. Los críticos locales, que lo habían animado a emprender los caminos del canto, vieron con júbilo el unánime recibimiento que la prensa y público madrileños tributaron al esperado debut. Incluso fue apoyado en su primera aventura escénica por la colonia canaria que residía en Madrid y que fue testigo del triunfal éxito con que fue coronada su intervención.

 

Nos referimos a su presentación como cantante profesional de ópera en la primavera de 1894, cuando aún no había cumplido los diecinueve años, en la ópera de Donizetti “La Favorita”, representada en el Teatro Príncipe Alfonso.

 

Si analizamos las críticas aparecidas, resulta sumamente significativo el hecho de que, habiéndose tratado de una segunda representación, y de que el debutante fuese casi un adolescente, levantase tal expectación hasta el punto de que los críticos apenas nombran a los demás compañeros del reparto. Ello viene a corroborar la popularidad de que gozaría la joven promesa de la lírica, entre el mundo musical de la capital, al que dedicaría su atención preferente el nada desdeñable número de ocho críticos (o al menos ésos son los que he podido consultar) que, cosa en general poco común entre nosotros, coincidieron en su valoraciones, casi unánimemente.

 

Todos manifestaron una franca admiración por la impecable dicción, la extensión y belleza del timbre, la homogeneidad en todos los registros y la facilidad en el agudo. Así mismo, todos coinciden en señalar un cierto envaramiento inicial, fruto del nerviosismo del estreno y su pronta reacción, que lo llevaría a conseguir de inmediato el favor del público que lo ovacionaría al finalizar su aria, el dúo con la mezzosoprano y, especialmente, el terzetto con su intervención en «A tanto amor», cantado con notable expresividad.

 

También fueron unánimes los especialistas al augurarle un brillantísimo porvenir como demuestran los siguientes comentarios: «Si procura perfeccionar sus notables cualidades por el estudio serio y reflexivo, llegará seguramente a conseguir renombre universal» («La Justicia»); «Los más entusiastas (aplausos) fueron para el Sr. De la Torre, cuyas cualidades le granjearán un brillante porvenir en su carrera artística» («El Resumen») o «Posee una voz bonita y es de los que hacen carrera en un momento» («La Correspondencia Militar). Todos estos proféticos comentarios fueron reproducidos por el periódico canario «La Patria», que se hizo eco del triunfo recogido por el jovencísimo paisano; triunfo que llegan a calificar de «propio» al ser fruto de las recomendaciones de los periodistas locales. Las alabanzas recibidas en la prensa madrileña serían corroboradas por sus paisanos tras un recital en el Gabinete Literario, acompañado al piano por el maestro José García de la Torre en el que interpretó, entre otras, el aria de las tumbas de «Ernani» de Verdi.

 

 

En otoño de ese mismo año se produce su primer viaje a Italia. Tratemos de evocar por un instante el ambiente especialísimo que se vivía en aquellos tiempos en la joven nación italiana y, concretamente en la capital de la Lombardía. Año 1894, en pleno apogeo del verismo, época de los primeros triunfos de Puccini, de Giordano, Mascagni y Leoncavallo. Todavía estaba presente entre el público la conmoción levantada tras las primeras audiciones de «Otello» y de «Falstaff».Auténtica edad de oro para cantantes, libretistas y compositores, el Milán finisecular era meta de cuantos aspiraban a obtener el laurel del triunfo en el mundo de la lírica y allí encaminó sus pasos un bisoño cantante, recién cumplidos sus diecinueve años y con grandes expectativas ante él.

 

Y no le fue esquivo el éxito en su nuevo destino porque, el 19 de octubre ya aparece en el periódico milanés «Frusta Teatrale» un comentario hablando de sus dotes y de sus aspiraciones. En un plazo menor a un mes ya había sido contratado para interpretar en Messina óperas para la siguiente temporada. (Concretamente la escasamente representada «1 promessi sposi» de Ponchielli y «Beatrice di Tenda» de Bellini) Y, todavía antes que esto, tendría la posibilidad de cantar en el teatro Alhambra de la capital lombarda la ópera Fausto, obviamente como Valentín. Las críticas que aparecieron fueron de nuevo espléndidas y muy similares a las obtenidas en su debut español. Particularmente curiosa es la que apareció en el periódico «Le Mascotte» a principios de diciembre de 1894 en la que llegan a ensalzar al joven cantante de forma suprema, como si se tratase de «rara avis» en su contexto histórico, dominado por la decadencia finisecular.

 

Pronto vendría la primera gira por Sudamérica, organizada por el tenor español Andrés Antón, que ya oyera a Néstor de la Torre en sus tiempos de estudiante en Canarias. Al regreso de esta gira sería la única ocasión en que sus paisanos lo escucharían en su faceta de cantante de ópera y no en recital. Se deshicieron en elogios los críticos de Las Palmas y de Tenerife, que pudieron constatar los progresos evidentes del joven cantante que había dejado de ser en este punto una promesa esperanzadora.

 

Y continuaron las actuaciones con gran aceptación en Italia y otra vez en América, esta vez en Buenos Aires, ciudad en la que obtuvo sonoros éxitos. En 1898 fue contratado para actuar en los teatros imperiales de Rusia. Fue tal el clamor que hubo de volver el siguiente año. También, por fortuna conservamos críticas de aquel periodo, algunas de las cuales fueron reproducidas por los periodistas canarios para regocijo de sus familiares y admiradores locales. Incluso en Italia se hicieron eco de esta triunfal gira como lo demuestran los comentarios aparecidos en la «Lanterna» de Milano el 10 de agosto de 1899 o en «11 trovatore» de la misma ciudad. Concretamente celebradas fueron sus apariciones en Rigoletto, así como en Aida, cuyo Amonasro poseía tal fuerza que eclipsaba al resto del reparto. Y el rey Carlos en Ernani, aclamado en todas las representaciones.

 

Gran éxito también obtendría en las capitales canarias en sendos recitales ofrecidos en julio del último año de la pasada centuria. Interpretaría en aquellas ocasiones arias del «Rei de Lahore» de Massenet, el “Credo” de Otello; el monólogo de «Andrea Chenier», el aria de «Dinorah» de Meyerbeer y el «Prólogo» de «Il Pagliacci», que solía bisar ante el clamor del público. En 1900 aparece en Roma con grandísimo éxito. En la ciudad del Tíber obtendría rotundos aplausos por su caracterización de Gerard en la segunda reposición de «Andrea Chenier». Curiosamente, en más de una ocasión había de cantar para la función de tarde la ópera de Giordano, que, como es sabido, es tremendamente exigente para el barítono, y por la noche, el «Escamillo» de Carmen, cuya aria tenía que bisar invariablemente. Sin comentarios...

 

Ese mismo año sería contratado junto a otros distinguidos cantantes que triunfaban en Italia para la temporada inaugural del Arriaga de Bilbao. Allí interpretaría el rol titular del «Rigoletto» verdiano, con gran éxito, no sólo por sus dotes vocales sino por su emocionante interpretación.

 

A raíz de tal éxito, fue contratado para intervenir en la empresa de Berriatúa que trataba de fomentar la ópera española mediante estrenos de obras con libretos y música de autores hispanos. La idea no obtuvo los frutos esperados, pero la iniciativa en sí fue de gran importancia, Néstor intervino en la primera producción de la ópera de Ricardo Villa «Raimundo Lulio», con libro del célebre dramaturgo Dicenta, estrenada en Madrid en 1902.

 

Y no sería éste, ni mucho menos, el único estreno en el que participaría. Como se ha podido deducir, en su repertorio siempre hubo un gran interés por las óperas contemporáneas puesto que aunque ahora nos parezcan como obras clásicas y de repertorio, títulos como «Pagliacci», «Chenier» o «Boheme» eran absolutamente novedosos para su época. Muchas veces interpretó estas obras por vez primera en numerosas ciudades europeas y americanas. Y, en varias ocasiones intervino en estrenos absolutos. Aparte de la ya mencionada obra española, cantó en las primeras representaciones de «Malia» de Frontini (Catania, 1899); «Lorenza» del célebre director Mascheroni con libreto de Illica (Roma, 1901); «La colonia libera» de Floridia (Tormo, 1900). Y, especialmente, en la «Oceana» de Smareglia, obra estrenada en la Scala de Milán en 1903.

 

Debemos detenernos más en esta obra porque, a juzgar por las noticias que de ella hemos recabado, se trató en esta ocasión de un estreno espectacular con una puesta en escena llena de efectos especiales. Su compositor (1854-1929), estuvo vinculado a los postulados estéticos de la «Scapigliatura», es decir, la corriente cuyo principal exponente fue el músico y poeta Arrigo Boito.

 

Tras haber compuesto algunas obras en el estilo verdiano más convencional, el compositor asimila la influencia wagneriana y va creando un estilo cercano al decadentismo propio del final de siglo, muy en la línea de la Scapigliatura; más adelante, en pleno apogeo verista, Smareglia con renombre ya consolidado en los ambientes musicales italianos acometerá las que serán sus dos obras maestras: «La falena» (1897) y «Oceana». Esta última, concretamente, ha sido considerada como la más perfecta de su autor porque sintetiza todos sus postulados estéticos.

 

Si consideramos la importancia que rodeó el estreno de esta obra, y tenemos en cuenta que el protagonista masculino es el papel asignado al barítono, podemos deducir perfectamente el prestigio de que gozaba Néstor de la Torre por cuanto a él le había sido encomendada esta parte.

 

Vendrían posteriormente grandes éxitos en el San Carlo de Nápoles, donde cantaría con la célebre Luisa Tetrazzini y la joven María Barrientos. En 1903 debutaría en el Liceo de Barcelona en «Lohengrin», junto al gran tenor catalán Francisco Viñas.

Entre tanto, a principios del siglo actual, Néstor de la Torre había contraído matrimonio con una joven paisana suya: Lolita Champsaur Millares, sobrina de la mujer de su hermano Bernardo. En septiembre de 1902 nació la primera hija del matrimonio, Lola, que andando el tiempo seguiría el camino emprendido por su progenitor, como posteriormente veremos.

 

La familia fue aumentando progresivamente con los consiguientes trastornos que ello producía en la vida artística del cantante. En 1903, justo después de la temporada del Liceo, el artista se plantea la posibilidad de abandonar su carrera para poder estar cerca de su familia: su hija primogénita atravesaba una grave enfermedad y su esposa acaba de dar a luz a su segundo hijo. Regresó a Canarias pero, al poco tiempo volvió a la carrera internacional. Se instaló de nuevo en Milán, esta vez acompañado de su familia, de sus tres hijos y de una niñera canaria, Pepa la de Tafira. Ya de esta etapa proceden los primeros recuerdos de su hija Lola que tantas veces me ha comentado algunos, que les cuento por su sabor anecdótico.

 

En 1907, tras un viaje penoso desde Génova a Las Palmas, en el que estuvo en serio peligro la vida de su hija menor, su esposa decidió no volver a viajar en esas condiciones. Un año más tarde, cuando terminó la temporada en la Ópera de Roma, donde obtuvo los máximos elogios, regresó a Canarias y tomó en serio la decisión de abandonar su carrera.

 

Esto no es un hecho que pueda explicarse fácilmente: dejar una carrera en su momento de plenitud, cuando ya había grabado, incluso, discos para la célebre «Voz de su amo», en la edición «Etiqueta Roja», la reservada a los más grandes cantantes líricos. Interrumpir una carrera ascendente de triunfos y de reconocimientos, probablemente por motivos íntimos y que desconocemos en su totalidad, aunque no es descabellada la explicación que dará su hija en la biografía del cantante: Néstor de la Torre dejó los escenarios por amor a su familia.

 

En 1908 se instalarán en Tenerife, dedicado a negocios y a sus clases de canto. Muchas fueron sus alumnas de aquellos tiempos: Carolina Pizarroso, las hermanas Cabrera, hijas de Blas Cabrera; Enma y Sara Martínez de la Torre, y, especialmente la célebre cantante de zarzuela Matilde Martín.

 

Su integración en la vida musical y cultural de Santa Cruz fue impresionante: colaboró en decenas de actividades benéficas, siempre pronto a ofrecer su arte a los que de él necesitaron; aconsejó alos responsables de la reforma del Teatro Municipal de Santa Cruz, hasta en detalles puramente decorativos. Gracias a él logró impulsar la Sociedad de Fomento Artístico en la que actuaron famosos artistas de la talla de Rubinstein, Palet, Toldrá y la Galli-Curci.

 

En plena guerra Europea, en 1917 le ofrecieron un importante cargo (probablemente la alcaldía) de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Con la idea de estabilizar la situación económica de su larga familia (ya eran seis sus hijos), aceptó la propuesta. La despedida que le dispensó la sociedad santacrucera fue sincera y emocionada, propia de toda una personalidad querida y admirada por sus innumerables méritos.

 

Al llegar a su ciudad natal e instalado en la calle Buenos Aires, comprobó que el ofrecimiento por el cual había abandonado su residencia plácida en Tenerife no habría de cumplirse, toda vez que el cargo prometido había sido asignado a otro personaje de la vida pública de la ciudad. No fue, por tanto, precisamente feliz esta nueva etapa en su ciudad natal.

 

Sin embargo, y en lo que afecta a este trabajo, sí fue de lo más fructífera puesto que fue entre 1917 y 1920 los años en los que impartió clases en su casa a la vez que participaba en diversas actividades benéficas y culturales. Entre los alumnos de aquellos tiempos hemos de destacar a Isabel Macario Brito, su alumna de voz más espectacular y, como he oído afirmar a la propia hija del barítono, que, a la sazón ya acompañaba al piano a las alumnas de su padre, la voz dramática más importante que ha dado Canarias. María Suárez Fiol, entusiasta alumna y de musicalidad indiscutible, que alternaba sus clases de canto con sus deberes familiares. Su sobrina Paquita Sofía, de voz notable y que cantó durante largos años como aficionada, tanto en el Teatro como en solemnidades litúrgicas, especialmente en la Parroquia de San Francisco, en cuya novena de la Virgen de la Soledad colaboró repetidamente, y para la cual el gran compositor canario José Hernández Sánchez le compondría una preciosa «Ave María» con acompañamiento de órgano, violín y cello. Trinidad Reina, que también sería profesora de música; Asunción Medina que terminaría su formación en Madrid.

 

En 1920, por iniciativa de su gran amigo el tenor Ramón Medina Nebot, decidió emprender con éste una gira de conciertos por todo el continente americano. Fue tan beneficioso este periplo que al concluirlo, ya había elegido su futuro lugar de residencia: La Habana. En diciembre de 1920 se instala en La Habana no sin habérsele tributado sendos conciertos de despedida en Las Palmas de Gran Canaria y en Santa Cruz de Tenerife, conciertos en los que participaron sus alumnos más destacados.

 

Nada más llegar a la capital de las Antillas, ciudad en la que contaba con amigos y admiradores, entre ellos el cantante canario Juan Pulido, recibió el encargo de estrenar en el Teatro Nacional la ópera «La esclava», la más importante producción de José Mauri, violinista y director del Instituto Musical. Intervendrían nada menos que Tito Scffippa —con el que mantenía una amistada nacida de los años de carrera en Italia— y Ofelia Nieto.

 

Pronto fue reclamado para ocupar la cátedra de canto de varios conservatorios, porque, como hemos dicho, su formación musical era extraordinaria y, además, guardaba de sus años de carrera internacional un gran cúmulo de experiencias, puesto que jamás dejaba de asistir a los ensayos, incluso en los días que no tenían lugar las escenas o actos en los que no intervenía. Por ello conservaba una tradición riquísima en cuanto a estilo y en lo que a ornamentos se refiere: sin necesidad del célebre «Ricci>’, yo mismo he aprendido numerosas variantes que me fueron transmitidas a través de su hija que recogió celosamente las enseñanzas del padre. Es realmente emocionante ver manuscritos por el propio gran artista los ornamentos o cadencias de cierto cantante o de otro, anotados cuidadosamente en muchas de las numerosas partituras que pueblan su biblioteca musical.

 

Durante aquellos años pasaron por La Habana los más grandes cantantes, incluido Caruso, con el cual había cantado también Néstor en Italia. Fue en aquel tiempo cuando la carrera de su hija Lola despegaría considerablemente, y que cantó en ocasiones de suma importancia en las salas de conciertos mejores de La Habana, un selecto repertorio. Entre los más destacados podemos citar el que ofreciera junto al mítico tenor Beniamino Gigli el 20 de enero de 1928, para la Sociedad Pro-Arte Musical. También en el Teatro Nacional obtuvo grandes éxitos en el concierto homenaje ofrecido al compositor Eduardo Sánchez Fuentes, (el mismo que le dedicara a su padre algunas de sus más conmovedoras canciones, sobre poemas de Amado Nervo), en el que interpretaría algunas de sus más populares obras, como «Mírame así», de la que fue destacada intérprete, y la celebérrima habanera «Tú», que hubo de bisar ante la atronadora ovación del público que abarrotaba la sala. Muchos, como digo, fueron los cantantes famosos que pasaron por la Habana, y la mayor parte de ellos visitaron la casa de los de la Torre, dada la cordialidad y extraversión del anfitrión. Algunos de ellos escucharon la voz de Lola e incluso la invitaron a continuar su carrera en Nueva York. A estas propuestas, bien sea por la crisis económica que pronto se dejó sentir de forma especial en Cuba o por otros motivos, jamás aceptó el barítono canario que, en cierta forma truncó lo que podía haber sido una importante carrera internacional como cantante.

 

En agosto de 1929 cantaría en el Auditorio de la Sociedad Pro-Arte Musical su último concierto. Con la colaboración de la Orquesta Filarmónica de la capital se estrena la cantata «El hijo pródigo» de Debussy. El coro fue integrado por la mayor parte de los alumnos de Néstor y actuaron como solistas, además del barítono, el tenor francés Maurice Labarrére y su hija Lola. El éxito fue apoteósico.

 

Dada la situación política y económica del momento y también por motivos de salud de algunos de los hijos, vuelve la familia a Tenerife en el verano de 1929. En aquella ocasión trabajó como consignatario de compañías navieras y continuaría con su actividad docente. Entre sus numerosos alumnos destacó Lolita Trujillo, profesora que fue, andando los años, de María Orán, y también del tenor grancanario Suso Mariategui.

 

A principios de la década de los treinta, fue designado por la Asociación de Exportadores de Frutos de Canarias —que incluía las dos provincias—, representante en Madrid para defender los intereses canarios.

 

Hoy por hoy, con la problemática económica que sufre el plátano canario, nos es bastante fácil comprender las dificultades con que se encontraría el que fuera gran artista, para lograr introducir los frutos canarios con condiciones ventajosas o al menos no inferiores a 1as de otras provincias españolas.

 

En medio de esta febril actividad lo sorprendería la muerte en Madrid, el 22 de agosto de 1933. A su entierro acudieron las más destacadas personalidades del momento y su figura fue elogiada en numerosas crónicas de la prensa nacional.

 

Un año más tarde le sería ofrecido un homenaje en el Teatro Pérez Galdós, organizado por la «Sociedad de amigos del arte Néstor de la Torre», en el que intervendría lo más selecto de los artistas locales. El acto, que tuvo una duración que rondó las cuatro horas contó con la participación de la orquesta dirigida por José Moya y Diego García de Paredes; los cantantes Isabel Macario, Paquita Sofía de la Torre, María Suárez Fiol, Sebastián Gonzalo, Conchita Mesa, José Mujica, Maruja Rodríguez Lissón y Juan Pulido. Recitó varios poemas la gran artista canaria Paquita Mesa e interpretaría obras de Bach y Chopin la pianista Fermina Caballero. Esta misma Sociedad organizaría numerosos espectáculos en los años sucesivos, espoleada por el glorioso recuerdo del hombre cuyo nombre le sirviera de denominación. Por sólo citar un título, destaquemos la célebre «Verbena de la Paloma», (1937), con decorados del otro gran Néstor y en la que intervinieron M. Suárez Fiol como Seña Rita, Isabel Macario como la Cantaora, y Paquita Mesa como Susana, por citar algunos de los cantantes.

 

LOS ALUMNOS DE NÉSTOR DE LA TORRE

 

Pronto comenzó la actividad docente de Isabel Macario, a su regreso de Italia, adonde se había encaminado por recomendación expresa de su profesor. De sus méritos como cantante no puedo hablar en esta ocasión porque esto excedería los límites de tiempo impuestos y porque ya fueron glosadas sus excelencias en conferencias anteriores. Destaquemos a modo de ejemplo su interpretación del Racconto de «Cavalleria Rusticana» acompañada al piano por el Maestro Mascagni; o su concierto junto a Hipólito Lázaro o sus continuas apariciones en conciertos benéficos y religiosos, despertando siempre la admiración incondicional del público.

 

Entre sus alumnos hay que destacar a algunos que no comenzaron propiamente sus estudios con ella (caso del tenor Armando Campos o del barítono Augusto Gonçálvez que procedían de la Academia de Declamación del Sr. García Romero, en la que también estudiaría el bajo Sebastián Gonzalo; o el caso de la mezzosoprano Conchita Mesa de Ley, de voz cálida y exquisito gusto musical) y a los que cursaron su formación en su casa de Ciudad Jardín: Angeles Alzola, Maruca Pérez Zerpa, M» Luisa Doreste, Pino Calvo, M» Luz de Corujo, que ampliaría su formación con Conchita Badía en la ciudad Condal y en Milán con Gina Cigna; la mezzosoprano Carmen Kraus, los tenores José Luis Calzada y Domingo Santana; Marta Curbelo, Ilonda Ferrero; el bajo Alberto Rachid y un larguísimo etcétera de nombres de indudable mérito y que harían interminable esta relación.

 

Continuadora de su tradición hay que citar, forzosamente a su hija Mª Isabel Torón, cuya actividad como cantante ha sido justamente alabada por sus actuaciones en la Isla y fuera de ella. Especialmente destacada fue su interpretación de la Misa de la Coronación junto a la Orquesta Filarmónica, así como sus intervenciones en los primeros festivales de Opera. Así mismo realizó estudios de perfeccionamiento en Milán con la maestra Mercerdes Llopart (con quien estudiara Alfredo Kraus) y participó, siempre con éxito, en diversas representaciones de ópera en temporadas líricas nacionales. Desde hace varios años se dedica a la enseñanza del canto, principalmente a nivel particular, aunque también ejerció su magisterio en el Conservatorio de Las Palmas de Gran Canaria durante varios cursos académicos. Figuran entre sus alumnos las sopranos M.ª Luisa Pónicke, Teresa Pérez Florido, Sylvia Saavedra, Alicia Montesdeoca y Alicia García Muñoz; los tenores Francisco Navarro y Vicente González y el barítono Luis García.

 

También destacó por su labor entusiasta de promotora de la vida musical grancanaria la antes mencionada María Suárez Fiol, en cuyos salones también se congregaron numerosos valores canarios como fueron los hermanos Kraus y de los que no voy a hablar con ninguna profundidad por tratarse de personalidades suficientemente tratadas, que allí comenzaron su andadura por el mundo del canto; Virginia Martín Hinojal, Antonio Ortega, Milagros Argüello, Saro Morales, Teresa Pérez Ruiz, Inmaculada Vázquez...

 

El carácter emprendedor de la señora de León Morales la llevó a promocionar a gran número de músicos canarios, a los que invitaba a colaborar en festivales benéficos de toda índole. En ellos, participaron, además de los cantantes formados por ella misma, otros procedentes de otros profesores, casos de Elisa de la Nuez de la Torre, el barítono Tomás Hernández Pulido y Germán Betancor; los tenores Chano Ramírez y Alvaro Betancor.

 

Dejo para el final a los alumnos más destacados por su trayectoria posterior: el tenor Manuel Ramírez, cuyas intervenciones en los Festivales de Opera y Zarzuela, han recibido el aplauso general por las excelencias de sus facultades. La belleza de su timbre y la facilidad para el agudo le valieron el interés de diversas entidades que lo becaron para ampliar sus estudios musicales en Italia.

 

El otro caso destacable es el de la soprano Pepita Miñón, de maravillosas facultades enriquecidas por sus estudios en Londres, Austria y Alemania. Sus apariciones en público han obtenido siempre el aplauso unánime de la crítica, especialmente por su meritorio «Rigoletto», aprendido en apenas unas semanas, y en el que compartiría el protagonismo con Alfredo Kraus. Intervino junto a M.ª Isabel Torón así mismo en varios conciertos ofrecidos en Venezuela, así como en las fiestas lustrales de La Palma, en la que amén de las dos sopranos participaría también el tenor Mario Guerra. Ha cantado para la Sociedad Filarmónica y para el Festival de Música de Canarias.

 

Si antes mencioné a Chano Ramírez como participante en los conciertos de María Suárez, hay que recordar su meritoria labor al frente de la Coral Regina Coeli, de la cual han salido voces de singular importancia y que han intervenido en los Festivales de Opera: Eduardo Carrasco, Asunción Armas, Rosa Delia Martín, Soraya Suárez, Manuel Jiménez, Luz Marina Cerezo, Mª. Luisa Yánez....

 

Y, por supuesto, no podía faltar en este repaso de la enseñanza del canto en Canarias, la labor ingente realizada por la hija del artista objeto de este trabajo: Lola de la Torre, que ha dedicado su vida a la música, sea como cantante, o como investigadora y, sobre como profesora. Podemos dividir su tarea docente en cuatro etapas de su vida.

 

— La primera durante los años 40, ejerciendo la docencia en su domicilio en la Playa de las Canteras. Destacaron en aquella época la mezzosoprano Luccy Cabrera, de carrera internacional; la también mezzo Marisol Martínez, también profesional; las sopranos honda Ferrero, Pilar Alonso, Lola Massieu, Ofelia O’Donnell, Lola Guerra, Delmira Fuentes y Montserrat de la Peña; la mezzosoprano Maruca Padilla, el barítono Tomás Hernández Pulido y Manuel Artiles y el tenor Francisco Navarro, también profesional. En esta época desarrolló también una amplia labor como profesora de solfeo y piano así como de directora del coro «Niños Cantores de la Luz».

 

— Segunda etapa: desde 1955, fecha de su retorno de La Habana hasta los años 70 en que ingresa en el Conservatorio. Destacaron en esta época las sopranos Delia Rosa Pérez, Susa W Suárez Verona y su hermana Pepita, en la actualidad profesora del Conservatorio Superior de Música. También estudiaron en esta época la soprano Efigenia Sánchez, las mezzos Carmen Cabrera, Luisa Reina y Sylvia Corbacho; los bajos Manuel Pitti, Tomás Orihuela y Elu Arroyo; los barítonos Tomás Sánchez y Germán Betancor; los tenores Alvaro Betancor, José Luis Bolaños y Mario Guerra.

 

— Tercera etapa: Por espacio de cinco años impartiría clases en el entonces Conservatorio Municipal de Música, sito en la calle Pérez Galdós. Fueron sus alumnos las sopranos Concha Acosta, Manbel y Don Cabrera Carrasco; Maite Simón, Olga Santana, Aida Vera, Zulema Cimardi, Cristina Calvo, las mezzosopranos Gloria Graffigna y Yolanda Medina; el barítono Néstor León.

 

— La última etapa tiene lugar como profesora particular, de nuevo en su casa, con los alumnos Félix Marcelo, tenor; las hermanas Cabrera, las sopranos Dunia Martínez Aguilar y Puri Padilla y los barítonos Juan Carlos Romano y el que ahora escribe estas líneas, con el que se cierra ese larguísimo capítulo de su vida dedicado a la

enseñanza.

 

De entre toda esta larga relación hemos de destacar, por su dedicación a la docencia en el Conservatorio a Pepita Suárez Verona y al contra-tenor Mario Guerra el cual, aparte de sus sobresalientes méritos docentes, ha desarrollado una carrera de extraordinario mérito en su difícil repertorio. Particularmente destacadas fueron sus participaciones en los Festivales de Música de Canarias así como en un ingente número de conciertos sacros.

Como alumnos de sus alumnos tenemos que nombrar: de Pepita Suárez Verona a las sopranos Yolanda Auyanet, Sylvia Saavedra, Sonia Rodríguez, Elisa Vélez, Isabel Peña; la mezzosoprano Nancy Herrera por citar unos pocos nombres, algunos de ellos de importancia internacional como son los casos de Auyanet y Herrera de brillantísimo curriculum.

 

De Mario Guerra a Dulce M.ª Sánchez que ha obtenido importantes galardones en certámenes de canto y con actuaciones internacionales, Estefanía Perdomo, Rosa Pérez, sopranos; Manuel García, tenor, Gustavo Peña, barítono que ya cuenta en su haber con destacadas intervenciones en el Festival de Música de Canarias y una larguísima lista de nombres que cada vez figuran en mayor número de conciertos.

 

Debo hacer referencia aunque sólo sea de nombre a la profesora belga, primera figura de la ópera de Estocolmo, Henriette Germant de la Berg que desarrolló una amplia actividad docente en esta ciudad y entre cuyos alumnos debemos incluir a Mario Guerra, Olga Santana, Dunia Martínez, Maite Simón, todos ellos ya citados anteriormente.

 

Actualmente, el aula de canto del Conservatorio se ha visto incrementada desde 1997 por la profesora Zulema Cimardi, cuya actividad como cantante solista se ha desarrollado con éxito dentro y fuera de Canarias en muy diversos géneros, así como el que ahora se dirige a ustedes y que, como ya he indicado, fue el último alumno de Lola de la Torre.

 

Es digna de mención, además, la labor docente que han llevado a cabo diversas agrupaciones corales y que ha servido de caldo de cultivo para desarrollo de nuevas vocaciones en el mundo de la lírica. En este sentido destacaremos, además de la ya mencionada “Regina Coeli”, a la Coral Polifónica, dirigida por Juan José Falcón Sanabria; los diversos coros dirigidos por José Antonio García; la “Coral Franbac” de Francisco Brito; la “Coral Lírica” con Olga Santana, así como la actividad de las Escuelas de Música, entre las que podemos mencionar la de Santa Brígida con el trabajo de Concha Acosta.

 

De igual modo hay que resaltar en cuanto a docencia del canto a la Academia de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria y su coro, cuyos componentes han recibido (y actualmente también reciben) las clases de Sylvia Saavedra, Maribel Cabrera, José Carmelo Hernández y Carmen Cabrera.

 

Y va siendo ya hora de poner fin a esta prolija relación en la que, como ya se habrán dado cuenta, faltan muchísimos nombres. Como antes dije, pido disculpas a todos por los errores y omisiones pero que, a buen seguro disculparán al conocer no sólo mis limitaciones sino el espíritu que ha guiado la redacción de estas líneas. En ellas he tratado de verter mi más profundo agradecimiento a tantos amigos que han abierto sus puertas con el común afán de hacer música por amor a ésta en sí; a todos aquellos que me han invitado para cantar en conciertos organizados por ellos, compartiendo programa con ellos mismos o con sus alumnos; agradecimiento que hago de forma muy especial a los que me han confiado intervenciones en los Festivales de Ópera. Y, ante todo, mi inmensa gratitud a la profesora que me introdujo en el canto, que en sus propias palabras es «el arte que unifica la música y la poesía, los sonidos musicales fundidos con el pensamiento poético para lograr la más sensible y alta expresión.» Tal arte, tan noblemente definido en lo que se asemeja a un postulado ideológico, me ha reportado, como a tantos otros aquí mencionados, los más sublimes momentos de mi vida; de ahí que mi agradecimiento sea tan profundo a quien me condujo por él con tanta sabiduría, y a la que he intentado, humildemente, rendir este tributo al evocar la persona admirable con la que todos los amantes del canto estamos en constante deuda.

 

Copyrigt: LEOPOLDO ROJAS-O’DONNELL MARTÍN

EL MUSEO CANARIO